No hacen falta las palabras para hablar del horror. Eso lo sabe bien la compañía Silencio blanco, especializada en el trabajo con marionetas, y que ha eliminado casi por completo el uso del texto hablado en escena. El cuarto montaje de la compañía, Antuco (luego de Pescador; Chiflón, el silencio del carbón, y De papel), nos devuelve a 2005, año en el que 44 jóvenes conscriptos y un suboficial murieron en la cordillera producto de la desidia y negligencia de su superior, amparado por la violenta institucionalidad del Ejército chileno.
En la primera escena vemos a una mujer que grita de rabia y de angustia, que busca ser vista y escuchada. De su boca no ha salido una sola palabra, pero entendemos con claridad el gesto, y la desesperación con que la marioneta de papel se hunde en el pecho de un intérprete que la abraza. El trabajo de Silencio blanco es así: extraordinario, conmovedor.
Antuco nos transporta a esa trágica tarde de mayo en la cordillera chilena, pero antes de ese viento frío que se lo lleva todo, nos regala el calor de un hogar en el que ser militar es un orgullo, donde un joven abraza a su abuelo mientras juega a la guerra. Lanza granadas imaginarias, dispara metralletas que nunca sostendrá. La madre prepara el bolso, escuchan juntos la radio, comparten una taza de té. La escenografía es simple, pero más que suficiente: una plataforma que permite desplegar un lenguaje rico en gestos y movimientos, de planos y perspectivas que le entregan a la espectadora toda la información que necesita para entender cómo es la vida en el sur, en ese pueblo donde los jóvenes marchan alegres hacia la promesa de una vida más próspera.

El trabajo de Silencio blanco es sobresaliente y este montaje no es la excepción. Las y los intérpretes manejan con destreza cada marioneta y construyen un universo de emociones complejas utilizando muy pocos elementos. En este montaje el elenco se mezcla –a través de un trabajo físico muy desafiante– con las marionetas: son animales, montañas, el viento blanco que les frena la marcha, el volcán que los abraza. Son, también, la personificación de una institución que humilla y maltrata, y que fue capaz de abandonar a un grupo de jóvenes en medio de la tormenta, del frío y la nieve.
Los ejercicios de memoria son indispensables para construir un presente y un futuro diferentes. Olvidar no es una opción, menos en un país en el que las instituciones como el Ejército guardan historias dolorosas e inaceptables en una sociedad mínimamente respetuosa de sus ciudadanas y ciudadanos. Antuco es un remezón y una invitación a recordar, a hacer de la memoria un ejercicio que persista en el tiempo.
Ficha artística
Dirección artística: Santiago Tobar
Producción creativa: Dominga Gutiérrez
Realización de marionetas y escenografía: Santiago Tobar
Diseño escénico: Belén Abarza
Diseño sonoro y composición musical: Ricardo Pacheco
Intérpretes: Camila Pérez, Camilo Yáñez, Consuelo Miranda, Marco Reyes, Marion García
Diseño gráfico: Daniel Hanselmann
Fotos y registro audiovisual: Ignacio Martínez
Foto texto interior: Patricio Melo
Comunicaciones: Loica Cultura & Comunicación


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